Blanca y José, el matrimonio que murieron juntos y fueron hallados dos meses después

Rafa Arjones recupera su historia en un cortometraje sobre la pandemia y la soledad

Colonia Requena, el barrio de Alicante donde vivieron y murieron los protagonistas de esta historia

España empieza a mirar al futuro con esperanza, pero la pandemia ha dejado tras de sí un rastro de dolor que no podremos olvidar jamás. Blanca Rosa y José Miguel son dos de los protagonistas que ponen rostro a la tragedia. Murieron juntos, abrazados, y fueron encontrados dos meses después en verano de 2020.

Ahora, un año después, el fotoperiodista Rafa Arjones ha querido inmortalizar su historia en un cortometraje. Su intención es reflejar el abandono que sufren nuestros mayores a través de la historia de estos dos ancianos. Sin familiares cercanos, cayeron enfermos y murieron sin que nadie les echara en falta.

“Primero falleció Blanca Rosa y él la amortajó y colocó un crucifijo sobre su pecho. Yo creo que nadie puede imaginar lo que pasó por la cabeza de ese hombre los días siguientes, hasta que él también perdió la vida”, explica el recién estrenado director. El corto será distribuido por la productora TwinPlay Films.

El autor está convencido de que la historia de «La maldita primavera» no dejará indiferente a nadie. Para grabar el corto, el equipo se ha desplazado hasta el barrio alicantino de Colonia Requena, donde sucedió la historia original. “Ojalá remueva conciencias y haga pensar”, confia Rafa Arjones.

La resuelta profesora de matemáticas 

La historia de Blanca Rosa y José Miguel nos traslada hasta Colonia Requena, un humilde barrio de Alicante con unos 2.000 habitantes. Allí vivía este matrimonio, en el que ella, una pequeña y resuelta profesora de matemáticas se encargaba de hacer la compra y llevar la logística del hogar.

Él, su marido, subía la compra a casa tirando de una cuerda desde el balcón hasta el cuarto piso. Alto y delgado, raramente pisaba la calle y se desconoce qué profesión tenía. Hace décadas llegaron desde Madrid a Alicante, al barrio donde la primavera pasada les sorprendió el coronavirus y la muerte.

José Miguel nació en el mes de mayo de 1931, y Blanca Rosa en julio de 1931. Formaban parte de una generación acostumbrada a lidiar con las adversidades. La guerra, la posguerra, el hambre y la necesidad habían forjado en ellos un espíritu duro. Su matrimonio era la prueba de ese empeño por salir adelante.

Pero su generación ha sido también la más castigada por la pandemia, y a pesar de haber superado todo tipo de obstáculos, la enfermedad les sometió. Ella murió primero, en la cama de su habitación en el cuarto piso de la calle Plata. Cuando la encontraron estaba cubierta con una colcha y llevaba un crucifijo en su regazo.

El marido que no quiso separarse de ella

José Miguel murió después, pero lo que sucedió entre las dos muertes es un secreto que solo él conoce y que se llevó a la tumba. El 8 de julio, dos meses después de sus muertes, el mal olor invadió el edificio y los vecinos llamaron a la policía. Un bombero accedió al domicilio por una ventana y abrió la puerta.

Dentro encontraron los cadáveres esqueletizados de un hombre y una mujer de avanzada edad. Estaban en habitaciones distintas, cada uno en su propia cama. A él lo encontraron recostado luciendo un batín, y estimaron que había muerto pocos días después que su mujer a principios de mayo.

No se hizo ninguna autopsia y así es como quedó la historia de este matrimonio con un triste final. Los forenses descartaron que se tratase de muertes violentas, y en tiempos de coronavirus no se hacían autopsias a la ligera. La conclusión: ni asesinato ni suicidio, muerte natural y con poca diferencia.

‘En esta casa hay coronavirus’

Lo que sucedió aquellos primeros días de mayo en casa de Blanca Rosa y José Miguel es algo que solo ellos sabían. Solo dejaron una pista en forma de nota, sujeta en el cristal de una de las puertas de la vivienda: “En esta casa hay coronavirus”. ¿Fue esa la causa de la muerte? Muy probablemente.

En la nota habían dejado también los teléfonos de servicios sanitarios y emergencias, y las fotocopias de sus documentos de identidad. La vivienda estaba con las persianas bajadas y todo cuidadosamente ordenado. Parecía que se habían tomado la molestia de facilitar la tarea a quien viniera detrás.

Ni ella ni él eran muy dados a relacionarse con el vecindario. Al principio de la pandemia rechazaron la ayuda de los vecinos, que se ofrecieron a llevarles la compra o tirarles la basura. No tenían hijos, y a la policía les costó encontrar algún familiar que pudiera hacerse cargo de sus restos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

X